La piel es el órgano más grande del cuerpo humano y es responsable de la entrada sensorial táctil, pero aunque cubre casi todo el cuerpo, ¿por qué nuestra sensibilidad no es la misma en cada una de sus partes? ¿Por qué podemos reconocer un estímulo con precisión a través del tacto de nuestros dedos, pero no tenemos la misma habilidad con la piel que recubre nuestra espalda o piernas? Por otro lado, ¿por qué a pesar de esta baja capacidad discriminatoria, los estímulos en estas regiones generan sensaciones tan placenteras?
Un método muy común, utilizado por médicos para evaluar la sensibilidad táctil de un individuo, es la capacidad discriminatoria de dos puntos. En esta prueba, dos agujas se presionan ligeramente contra la piel de la persona, y ella informa si puede percibir dos puntos de estimulación o solo uno. En las yemas de los dedos, la persona puede distinguir dos puntos distintos cuando las agujas están separadas por solo 1 a 2 milímetros. Mientras que en la espalda, la distancia entre las agujas debe ser de 30 a 70 milímetros para que se perciban los dos puntos. Esta diferencia está relacionada con nuestro mapa corporal en la corteza somatosensorial.
A pesar de que los sentidos comienzan en órganos especializados, como la piel (en el caso del tacto), su comprensión se da en el sistema nervioso central. Las señales sensoriales de todas las modalidades terminan en la corteza cerebral, cada una en una región específica. Las sensaciones táctiles llegan a la corteza somatosensorial, donde las diferentes partes del cuerpo están representadas con un alto grado de localización, formando un mapa. Algunas ocupan grandes áreas en la corteza somática – la de los labios es la más grande de todas, seguida por la de la cara y el pulgar – mientras que otras están representadas por áreas relativamente pequeñas, siendo que las dimensiones de estas regiones cerebrales son directamente proporcionales al número de receptores presentes en cada parte respectiva del cuerpo. La figura a continuación ilustra nuestro mapa sensorial cerebral.
En la evaluación de la calidad de un lápiz labial, se consideran diversos factores, entre ellos: la ausencia de un sabor desagradable, la facilidad de aplicación (suavidad, untuosidad, deslizamiento), grosor y homogeneidad de la película depositada sobre los labios y el confort generado. De hecho, el tamaño del área ocupada por la representación de los labios en la corteza puede explicar, al menos en parte, el gran número de criterios involucrados en la apreciación de este cosmético.
Muchos estudios presentan el mapeo detallado de estas áreas corticales, pero lo más interesante es que también muestran que estos mapas son dinámicos, modificándose de acuerdo con el aprendizaje y otras condiciones ambientales. Un ejemplo muy citado es la llamada sensación del “miembro fantasma”, que hace que individuos amputados continúen sintiendo el miembro perdido. Esto ocurre porque el área cortical antes ocupada, por ejemplo, por el brazo, en lugar de volverse inválida tras la amputación, comienza a representar regiones vecinas, como el hombro o el cuello, haciendo que los estímulos en estas regiones sean interpretados como provenientes del brazo.
Además de la representación en el mapa cerebral, la sensibilidad táctil permite una forma de estimulación placentera a través del toque, el masaje, que ha sido utilizado como técnica para aumentar el bienestar y disminuir la ansiedad, el estrés y el dolor. Un estudio reciente utilizó resonancia magnética funcional para probar la hipótesis de que la combinación del toque humano con el movimiento lleva a la estimulación de áreas cerebrales involucradas en el placer. Comparó el toque humano con o sin movimiento y el toque a través de un guante de goma, también con o sin movimiento. Los resultados mostraron que el toque humano con movimiento era evaluado como más placentero y llevaba a una mayor activación de la corteza cingulada anterior pregenual, un área cerebral involucrada en el placer.
Este trabajo muestra claramente el efecto hedónico del toque y me hace pensar en los efectos benéficos que pueden existir en gestos simples. Por ejemplo, sabemos que las cremas están hechas con ingredientes para la nutrición y protección cutánea, pero ¿acaso el acto de aplicarlas sobre la piel, a través del toque y el masaje, no traería otros efectos positivos? En el próximo post volveremos a este tema y veremos que la caricia es, en verdad, ¡esencial!
Maria Cristina Valzachi es farmacéutica-bioquímica graduada de la Facultad de Ciencias Farmacéuticas de la USP y posee una maestría en Farmacología por el Instituto de Ciencias Biomédicas de la USP. Actualmente cursando el doctorado en esta misma institución, se dedica a investigaciones y estudios en las áreas de Neuroquímica y Farmacología conductual, con énfasis en la adolescencia. Tiene un interés especial por todos los campos relacionados con la educación y divulgación de ideas.
Contacto: cris.valzachi@gmail.com
Referencias bibliográficas
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Figura 1: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Massage_Frankfurt.jpg?uselang=pt-br
Figura 2: Homúnculo sensorial. http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Sensory_Homunculus.png