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Breve historia de la agricultura

Breve historia de la agricultura


La palabra Agricultura procede del latín y se compone de dos vocablos: “ager, agri” – que significa del campo, y “cultura” – que significa cultura, aprovechamiento. La agricultura es, por lo tanto, el arte de cultivar los campos y domesticar animales, con el fin puramente utilitario (Dias y Carneiro, 1953).


Tuvo su origen hace unos diez mil años, cuando las primeras plantas comenzaron a ser cultivadas sufriendo una serie de modificaciones como consecuencia de la domesticación (Paterniani, 2004).


Hace más de 500 años, antes de que los portugueses desembarcaran en Brasil, los indígenas tenían su forma de vivir y de producir, transformaron los bosques y, de cierta manera, co-evolucionaron. El fuego era un eficiente instrumento de la agricultura indígena. Al final de la estación seca, derribaban la vegetación de una franja de bosque, tras el secado natural, y le prendían fuego. Las cenizas fertilizaban los suelos. La técnica permitía ciclos de cultivos anuales, que se diversificaban a lo largo de los siglos. Ningún instrumento agrícola era requerido. El trabajo era totalmente manual. En áreas abandonadas, la regeneración seguía el curso natural: de cultivo abandonado a monte, luego a bosque secundario y finalmente a selva (Revista National Geographic, 2007).


Al inicio del siglo XX surgieron las primeras ciudades y con ellas la necesidad de alimentos variados. La agricultura familiar que abastecía las ciudades tenía variedad de cultivos, usaba trabajo manual, tracción animal, rotación de cultivos y descanso de la tierra. Cansadas del trabajo en tierras que no les pertenecían, algunas familias agricultoras se adentraban en el monte apoderándose de territorios y haciendo sus cultivos. Así, comienza, alrededor de las grandes haciendas, la producción campesina hecha con la mano de obra de la propia familia y orientada hacia la subsistencia y el abastecimiento de los mercados locales mientras que la producción de los latifundios continuaba destinada a la exportación. Con el crecimiento de las ciudades, la producción de alimentos necesitaba crecer.


Aún durante el siglo XX, una serie de descubrimientos científicos y tecnológicos, en el mundo, como los fertilizantes químicos, la mejora genética de las plantas y los motores de combustión interna, posibilitaron el progresivo abandono de los sistemas rotacionales y el divorcio de la producción animal y vegetal, consolidando el patrón productivo químico, motomecánico y genético, practicado en los latifundios en los últimos sesenta años. Este patrón, posteriormente denominado “agricultura convencional”, se intensificó tras la Segunda Guerra Mundial, culminando, en la década de 1970, con la llamada Revolución Verde. Así, el conocimiento tradicional del agricultor fue siendo sustituido por las máquinas y agroquímicos (Instituto Giramundo Mutuando, 2005).


La política agrícola de la revolución verde agregaba la garantía de precios mínimos; crédito rural subsidiado; desarrollo tecnológico e incentivo fiscal. La distribución del paquete tecnológico, acompañado por la industrialización de las ciudades, promovió la migración en alta escala de los habitantes del medio rural hacia los centros urbanos, causando el éxodo rural. En solo 20 años (1960 – 1980) este modelo garantizó la migración de 28 millones de brasileños, en 1995 cerca del 80% de la población brasileña ya vivía en los centros urbanos (IBGE, 1997; Guzman, 1998).


La intensificación de la producción por encima de la capacidad de las áreas pronto presentó los primeros impactos: destrucción de los bosques; erosión cultural y genética; erosión de los suelos; sedimentación y contaminación de ríos, de agricultores y de los alimentos (Guzman, 1998).


Para posibilitar un cambio en este escenario de la agricultura, el ser humano ha estado buscando establecer modelos de agricultura menos agresivos al medio ambiente, capaces de proteger los recursos naturales y que sean duraderos en el tiempo. A nivel mundial existe un consenso sobre la necesidad de nuevas estrategias de desarrollo agrícola para asegurar una producción que esté de acuerdo con la calidad ambiental. Entre otros, los objetivos que se persiguen son: la seguridad alimentaria, erradicar la pobreza y conservar y proteger el medio ambiente y los recursos naturales (Antonio, 2006).


Debido a estos objetivos queda claro entender por qué la práctica de la agricultura sostenible, que según la FAO (Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura), en una conferencia realizada en conjunto con el gobierno holandés en Hertogenbosh en 1991, dice: “La agricultura sostenible es el manejo y conservación de los recursos naturales y la orientación de cambios tecnológicos e institucionales de tal manera a asegurar la satisfacción de necesidades humanas de forma continua para las generaciones presentes y futuras. Tal desarrollo sostenible conserva el suelo, el agua, los recursos genéticos animales y vegetales; no degrada el medio ambiente; es técnicamente apropiado, económicamente viable y socialmente aceptable”.


A mediados de los años 90 surge la Agroecología (“ecología de los sistemas agrícolas”) representando un conjunto de técnicas y conceptos que busca la producción de alimentos más saludables y naturales y tiene como principio básico el uso racional de los recursos naturales (1). Se entiende la agroecología como ciencia que establece las bases para la construcción de sistemas de producción sostenible y de estrategias de desarrollo rural sostenible (Caporal, 2004).


La agroecología es un nuevo enfoque de la agricultura que integra diversos aspectos agronómicos, ecológicos y socioeconómicos, en la evaluación de los efectos de las técnicas agrícolas sobre la producción de alimentos. A rigor, se puede decir que la agroecología es la base científico-tecnológica para una agricultura sostenible, es decir, la producción de forma natural (Gotcsh, 2002).


Según Altieri (1995) la agroecología prueba las bases ecológicas para la conservación de la biodiversidad en la agricultura, restablece el balance ecológico de los agroecosistemas, de manera que se alcance una producción sostenible.


La agroecología toma como unidad de estudio los agroecosistemas (una propiedad agrícola comprendida como un ecosistema), que son vistos como un sistema vivo y complejo insertado en la naturaleza rica en diversidad. Estos, por lo tanto, son sistemas donde los ciclos minerales, las transformaciones de energía, los procesos biológicos y las relaciones socioeconómicas deben ser investigados y analizados como un todo. Por lo tanto, la agroecología corresponde al desafío de encontrar estrategias que permitan entender la naturaleza de la agricultura como una co-evolución entre cultura y ambiente natural desde una perspectiva histórica, para así mantener o recuperar, conforme el estado del agroecosistema en cuestión, su equilibrio original. No pretende, sin embargo, eliminar la intervención humana en los ecosistemas, sino entender la complejidad inherente a esta intervención en cada espacio (Altieri, 1992).


El producto resultante de las producciones de base agroecológica crece en todo el mundo a un ritmo acelerado a una tasa del 20 al 30% al año. Se estima que el comercio mundial mueve actualmente alrededor de 20 mil millones de dólares, destacando Europa, Estados Unidos y Japón, como los mayores productores y consumidores. (Instituto Giamundo Mutuando, 2005).


Se debe resaltar que la agroecología atribuye gran importancia a la agricultura familiar tradicional, indígena, quilombola y campesina, como espacio destacado para el desarrollo de una racionalidad ecológica (2).


Se concluye que la gran ventaja de este sistema es el cultivo de varias monoculturas superpuestas en una misma área, aprovechando todos los diferentes ciclos productivos a lo largo del año, agregando variedad en la alimentación y valor a los negocios del agricultor.


Este modelo se presenta no solo viable, sino de menor costo y mayor lucro. Las técnicas tradicionales de agricultura, como el fuego, la desmalezada y el arado, son sustituidas por tecnologías sostenibles que proporcionan un aumento en la cantidad y en la calidad de vida de las especies del sistema.


 


Referencias


ALTIERI, M.A.; Biodiversidad, agroecología y manejo de plagas. CETAL. Valparaíso. 1992.


ALTIERI, M.A.; Agricultura Tradicional. Agroecología: La ciencia de la agricultura sostenible. 2ª Edición. Boulder Cole: Wesview Press. 1995.


ANTONIO, D.B.A.; Sistemas agroecológicos de producción en el municipio de Botucatu – SP. 2006. 7f. Disertación de Graduación Ingeniería Forestal, Facultad de Ciencias Agronómicas, Universidad Estatal Paulista, Botucatu – SP. 2006.


CAPORAL, F.R.; Agroecología: algunos conceptos y principios. Por Francisco Roberto Caporal y José Antonio Costabeber. MDA/SAF/DATER-IICA. Brasília – DF. 2004.


DIAS, J.D.O.; CARNEIRO, H. Agricultura general. Vol I. Serie didáctica nº 3. Río de Janeiro. 1953. 218p.


FAO (Estado de los bosques del mundo). La Agricultura Urbana y Periurbana. Comité de Agricultura. Roma. 1999.


GOTSCH, E.; Importancia de los SAF’s en la recuperación de áreas degradadas. Charla impartida durante el IV CBSaf en Octubre 2002.


GUZMAN, E.S.; Agricultura ecológica en Brasil. ETSIAM/ISE. Universidad de Córdoba. 1998. 70p.


IBGE. Anuario estadístico de Brasil. Río de Janeiro. 1997.


Instituto Giramundo Mutuando. La Cartilla Agroecológica. Editora Criação Ltda Botucatu – SP. 2005.


REVISTA NATIONAL GEOGRAPHIC. Mayo 2007. año 7. Nº 86. p. 60-71]


(1) Disponible en: www.ambientebrasil.com.br. Acceso en: 22 de Agosto 2007.


(2) Disponible en: www.embrapa.br Acceso en: 02 de Septiembre 2007.