En 1879, Anton de Bary utilizó la palabra “simbiosis” para describir la relación ecológica entre organismos que viven en una asociación muy cercana, pero que pertenecen a especies diferentes. Los líquenes son un ejemplo clásico: hongos y algas que viven juntos, formando prácticamente un nuevo organismo. El hongo absorbe agua y nutrientes del medio, que son aprovechados por las algas para realizar fotosíntesis y generar alimento para ambos. Es cierto que no todos los tipos de líquenes representan una convivencia tan armoniosa (de hecho, solo una minoría), pero la estrategia es tan eficiente que alrededor del 20% de todas las especies de hongos conocidas solo se encuentran en la naturaleza en forma de líquenes.
Simbiosis es un término complicado, incluso entre los biólogos. No incluye necesariamente beneficios mutuos para las especies asociadas (*), pero fue pensando en esta idea de mutualismo que la palabra fue aplicada en la industria. La Simbiosis Industrial es un enfoque de la Ecología Industrial, área de estudio que rompe con antiguos paradigmas y comienza a considerar la industria como parte integrante e indisoluble del ecosistema. La Ecología Industrial revela la insostenibilidad de los procesos industriales habituales, que ocurren de manera aislada y en un flujo de sentido único, generando mucho desperdicio y residuos a lo largo del camino. En los sistemas naturales no hay basura. Todos los residuos generados son aprovechados como recursos en una intrincada red de relaciones, cerrando un ciclo.
La Simbiosis Industrial es una de las alternativas posibles para alcanzar los objetivos de la Ecología Industrial, que abarca la sostenibilidad de los procesos industriales, la preservación del medio ambiente y la equidad intergeneracional. Su propuesta consiste en la integración de diferentes tipos de industrias geográficamente cercanas, a ejemplo de los hongos y las algas que coexisten entrelazados en los líquenes. Esta proximidad permite que agua, energía y residuos puedan ser fácilmente intercambiados; lo que era considerado basura por un sector puede servir de materia prima para otro. Esta simbiosis también puede, y debe, trascender las paredes de las fábricas, incluyendo el sector agrícola y la comunidad donde están insertados.
El ejemplo más antiguo de implementación de Simbiosis Industrial es el de Kalundborg, en Dinamarca. En 1970, siete industrias se unieron al municipio y crearon un ecosistema industrial que comparte agua subterránea, agua residual, vapor, gas de refinería, biomasa y permuta una variedad de subproductos industriales. En total, alrededor de 2,9 millones de toneladas de residuos son intercambiados cada año. El éxito del emprendimiento se debe a la iniciativa de cooperación entre las empresas, el involucramiento de diferentes sectores (ampliando la gama de residuos que pueden ser aprovechados) y el incentivo gubernamental.
En todo el mundo, se multiplican los ejemplos de Simbiosis Industrial que tienen éxito. En Japón, una de las mejores experiencias es el Parque Industrial de Fujisawa, que integra varios tipos de industrias, además de residencias, cultivos, áreas naturales y servicios públicos. La infraestructura del parque, que cuenta con instalaciones de vanguardia para el tratamiento del agua, de las aguas residuales y para la generación de energía, permitió una significativa reducción en el consumo de energía y agua, además de disminuir la disposición de residuos sólidos en alrededor del 95%.
Aunque la proximidad es un gran artificio para la implementación de la Simbiosis Industrial, ya no es un requisito previo. Es posible articular proyectos en una escala regional, utilizando información logística y de mercado. Las Bolsas de Residuos (como la organizada por la FIESP desde 2002 - http://apps.fiesp.com.br/bolsaresiduos/index.asp) son un excelente ejemplo brasileño de este tipo de enfoque. En ellas es posible encontrar ofertas de residuos químicos, orgánicos, madera, plástico, cuero y muchos otros. Los desechos de la agroindustria son particularmente interesantes. Residuos vinícolas, por ejemplo, contienen un alto contenido de compuestos fenólicos, muy útiles debido a su poder antioxidante. Semillas y restos de pulpa de guayaba constituyen una fuente potencial de ácido ascórbico. La pectina (agente gelificante y estabilizante) ya se extrae comercialmente del bagazo de naranja, pero también es posible obtenerla a partir de residuos de maracuyá, plátano y cacao. Sustancias como estas presentan un alto valor comercial, con aplicación en la industria de alimentos, farmacéutica y cosmética.
De hecho, podemos ir mucho más allá de los líquenes. La simbiosis entre hongos y algas resultó del proceso evolutivo, que llevó miles de años para alcanzar tal eficiencia. La Simbiosis Industrial depende de la acción intencional del hombre. Y por eso mismo no está restringida solamente al intercambio de agua, energía y residuos entre las industrias, así como no está limitada por la escala local. Quizás de mayor importancia sea el intercambio de conocimientos y recursos humanos, lo que algunos llaman “Soft Symbiosis”. Este tipo de sinergia incluye la creación de asociaciones basadas en la confianza y la colaboración, abriendo las puertas a nuevas oportunidades de negocio que van más allá de una simple relación comercial. De esta manera, la Simbiosis Industrial es un concepto que puede ayudar a las empresas en la búsqueda de soluciones más sostenibles, principalmente en relación con la responsabilidad compartida de los generadores de residuos (fabricantes, distribuidores, comerciantes, ciudadanos) y la meta “cero residuos”, que constan en la legislación actual, como la Política Nacional de Residuos Sólidos.
(*) Vea una discusión sobre el uso del término “Simbiosis” en la Ecología, en este artículo de Nature: http://www.nature.com/nature/journal/v412/n6846/full/412485a0.html
Referencias
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