“El gran papel biológico de la percepción no es permitir que percibamos el mundo, sino, sobre todo, permitir que podamos actuar sobre él. Es decir, nosotros y las demás especies no fuimos seleccionados simplemente por lo que conseguimos percibir del mundo, sino, en realidad, por las acciones que ejercemos sobre él, las cuales fueron y son guiadas por nuestras percepciones.” Esta fue la respuesta que el neurocientífico Marcus Vinícius Baldo, profesor e investigador de la Universidad de São Paulo, amablemente cedió cuando le pregunté sobre la importancia de la percepción. Creo que, en pocas palabras, supo mostrar el papel fundamental de esta capacidad en nuestras vidas.
En su artículo Ilusiones: el ojo mágico de la percepción (Baldo y Haddad, 2003), el investigador define la percepción como la construcción activa de un estado neural que se correlaciona a elementos biológicamente relevantes del ambiente. En común con la interpretación dada por el neurocientífico Roberto Lent - que la define como la capacidad de asociar la información sensorial a la memoria y a la cognición, de modo que se formen conceptos sobre el mundo y sobre nosotros mismos, y se oriente nuestro comportamiento (ver post Nuestra percepción es solo la punta del iceberg) - está el hecho de que esta captación de los estímulos externos no se presenta como un proceso pasivo, como una fotografía estática del ambiente, sino como un proceso activo, que sufre influencia de factores internos, como la memoria y la cognición.
Mirando la figura de abajo, vemos un cubo. A primera vista, no parece haber nada de inusual en ello, sin embargo, ¿cómo es posible que veamos una imagen tridimensional (con altura, anchura y profundidad) si lo que realmente aparece es una imagen plana, bidimensional? Esto ocurre porque tenemos el conocimiento previo de que los cubos son formas tridimensionales, y no bidimensionales, es decir, aprendimos que un cubo es la forma geométrica de objetos como un dado o una caja cuadrada. De esta forma, nuestro cerebro transforma automáticamente la imagen plana (que se nos presenta) en una imagen con una dimensión más (lo que esperamos encontrar).
Como hemos visto, la percepción no es una representación pasiva del estímulo que se está presentando, sino una interpretación y/o reconstrucción de él. Y además de ser modificada por nuestro conocimiento previo sobre el mundo, también está influenciada por los sistemas sensoriales. Cuando consideramos las diferencias entre especies, esta influencia queda clara; por ejemplo, el espectro de luz que vemos o el espectro de ondas sonoras que escuchamos es diferente al de otros animales, lo que permite que una misma realidad sea percibida de forma diferente por seres diferentes.
No obstante, la importancia de los sistemas sensoriales en la percepción no se define solamente por sus cualidades físicas, sino por su habilidad en activar mecanismos más complejos. Por ejemplo, los olores pueden hacernos recordar memorias de fuerte contenido emocional. De hecho, un estudio mostró que las memorias evocadas por el olor son más emocionalmente cargadas que aquellas evocadas verbalmente (Herz y Cupchik, 1995). Así, podemos pensar que paralelamente a la captación de los estímulos ambientales, los sentidos también son capaces de ayudar a rescatar memorias, despertar emociones y generar asociaciones. Hay mucho que estudiar sobre este tema, y a partir del próximo post comenzaremos a explorarlo con más detalles!
Referencias bibliográficas
Baldo MVC, Haddad H. Ilusiones: el ojo mágico de la percepción. Rev Bras Psiquiatr. 2003; 25(2):6-11;
Herz RS, Cupchik GC. La distintividad emocional de las memorias evocadas por olores. Chem Senses. 1995; 20(5):517-28;
Lent R. A las puertas de la percepción. En: Cien mil millones de neuronas – Conceptos fundamentales de neurociencia (Lent, R). 2010; p. 612-41, Editora Atheneu;
Figura: http://commons.wikimedia.org/wiki/File:Synthese%2B.svg