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Emociones de hoy, recuerdos de mañana

Emociones de hoy, recuerdos de mañana


Cuando era pequeña, me encantaba ver aquellos libros llenos de figuras, incluso antes de aprender a leer, miraba todos esos dibujos y colores y quedaba fascinada. Recuerdo hasta hoy las historias que mis padres me contaban antes de dormir, a veces era mi padre y a veces era mi madre. La alegría que sentía en esos momentos era tan grande, que incluso después de tantos años, todavía tengo la esperanza de un día poder contar las mismas historias a mis hijos, sin ni siquiera necesitar los libros. De hecho, es fácil recordar los momentos que fueron especiales en nuestra vida, y (desafortunadamente...) difícil olvidar aquellos que más deseamos borrar de nuestra memoria. ¿Por qué será que algunos de nuestros recuerdos permanecen vivos durante tanto tiempo, mientras que otros son rápidamente olvidados? Vamos a intentar entender un poco mejor.


Las experiencias externas llegan al sistema nervioso a través de los sentidos, así, los primeros procesos mnemónicos son preconscientes y ocurren en los sistemas sensoriales, son información que almacenamos por un corto período de tiempo y de la que ni siquiera somos conscientes. Sin embargo, solo una parte de esa información inicial se guarda en nuestra memoria a largo plazo, mientras que otra parte se pierde rápidamente. Diversos estudios han demostrado la existencia de sistemas moduladores de la memoria, capaces de interferir en su almacenamiento, y han constatado que incluso hormonas, cuya acción no siempre se ejerce directamente sobre el sistema nervioso central, pueden contribuir a esta modulación, especialmente aquellas que participan en los fenómenos emocionales, como las involucradas en el estrés.


Los eventos estresantes activan la amígdala (complejo de núcleos situado en el lóbulo temporal medial), y esta parece intermediar la acción de hormonas y estímulos emocionales sobre la consolidación de la memoria. La noradrenalina tiene un papel prominente en esta activación, actuando mediante la inducción de un estado de hipervigilancia que ayuda a recordar el evento. Este efecto mnemónico aumenta cuando la situación es lo suficientemente estresante como para llevar a la liberación de una cantidad sustancial de corticosteroides, que alcanzan la amígdala. La combinación de las dos hormonas, en este caso, tiene una acción sinérgica y lleva al refuerzo de la memoria; sin embargo, es interesante notar que aumentos en los niveles de corticosteroides que no están sincronizados con la liberación de noradrenalina tienen el efecto contrario, es decir, pueden prevenir o suprimir su efecto sobre la memoria.


La amígdala ha sido históricamente relacionada con emociones negativas, por ejemplo, ¿quién no se ha asustado al ver esas escenas en las películas de terror, en las que todo está tranquilo y, de repente, aparece una criatura extraña y peligrosa? En ese momento, ocurre la activación de la amígdala, que al dispararse, envía un mensaje de riesgo inminente a otras áreas cerebrales, que preparan al organismo para la lucha o la huida. Sin embargo, aunque puede ser vista como un dispositivo protector, que previene el involucramiento del individuo en comportamientos potencialmente peligrosos, diversos estudios han verificado su participación en el procesamiento de emociones positivas. Se ha demostrado que esta estructura media las asociaciones entre la entrada sensorial y su valor emocional positivo, influyendo en las respuestas conductuales, aunque de forma inconsciente, y comprobando que su papel en este caso es al menos tan importante como en las emociones negativas. 


Hay otros eventos capaces de fortalecer o debilitar nuestros recuerdos, sean ellos naturales, como el estado de alerta y atención; o artificiales, como la administración de drogas. Sin embargo, los principales moduladores de nuestra memoria son las emociones, ya que guardamos con más facilidad los hechos de nuestra vida que tienen un fuerte componente emocional. Esto es bastante interesante cuando consideramos el hecho de que nuestros recuerdos son guías constantes en nuestras vidas, influyendo en la manera en que nos comportamos, pensamos, tomamos decisiones e interactuamos unos con otros, especialmente cuando se trata de recuerdos implícitos (ver publicación anterior), a los cuales no tenemos acceso consciente. Esto me lleva a pensar en la posibilidad de que tal vez podamos dar un empujón a nuestros recuerdos, es decir, si pudiéramos crear más experiencias positivas en nuestras vidas, o aumentar nuestros buenos momentos, ¿tendríamos más “circuitos positivos” a nuestro favor?


 


Referencias bibliográficas


Joëls M, Fernandez G, Roozendaal B. Estrés y memoria emocional: una cuestión de tiempo. Tendencias en Ciencias Cognitivas. 2011; 15(6):280-88.


Lent, R. Personas con historia. Las bases neurales de la memoria y el aprendizaje. En: Cien mil millones de neuronas: conceptos fundamentales de neurociencias (Lent, R.). 2001; p.587-617, Editorial Atheneu.


Murray, EA. La amígdala, la recompensa y la emoción. Tendencias en Ciencias Cognitivas. 2007; 11(11):489-97.


Figura adaptada de: Lent, R. Personas con historia. Las bases neurales de la memoria y el aprendizaje. En: Cien mil millones de neuronas: conceptos fundamentales de neurociencias (Lent, R.). 2001; p.587-617, Editorial Atheneu.